OPINIÓN

Preguntas ciegas

Libreria La Mistral
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En pleno debate sobre los debates, en plena ebullición respecto a las entrevistas, en pleno ejercicio de control sobre las respuestas que los políticos en ejercicio del control pueden o deben dar, el gran hueco que se alza como un abismo entre quien quiere saber y quien no quiere responder se compone de preguntas

Los seres que vagamos por la vereda de la comunicación hemos perdido en algún momento la capacidad de interrogar: los diálogos, e incluso las mesas redondas, se han transformado en una sucesión de declaraciones. Las ruedas de prensa, alimentadas por los dosieres previos y los plasmas posteriores, se han vuelto tan endebles como silenciosas. 

Las respuestas ingeniosas y cortantes han sustituido el paso lento y salteado de una conversación. Y los diálogos se intercalan con pausas en los que el otro piensa en sus respuestas y no en las preguntas. Existe una crisis de curiosidad por el otro, una timidez que se confunde con el desinterés, una mirada que recorre en diagonal aquello que parece mucho texto.

Las preguntas han dejado paso a las declaraciones, y para realizar las mismas no resulta necesario ser presidente, ministro o director: tras las conferencias no se formulan preguntas, sino que se ofrecen reflexiones. En las entrevistas periodísticas resulta cada vez más frecuente que se indague sobre qué puede decir el autor sobre un libro o un encuentro: y las preguntas se estructuran a posteriori, intercaladas en un discurso único. 

No parece que nada despierte tanto interés como para que conlleve el personal esfuerzo de pensar una pregunta. En realidad, tampoco las respuestas importan tanto. La idea previa, esa que de una manera u otra anida en nuestra mente, es la única que perdura, la que resistirá cualquier duda. Pero por si acaso, no se pone a prueba esa idea, esa certeza. Y la pregunta ya no es una herramienta, sino una amenaza.

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